Dos testigos ofrecidos por la Fiscalía recordaron como el antonces secretario del juzgado federal -luego ungido magistrado en democracia - interrogaba a los detenidos políticos en la comisaría Cuarta. Roberto Cepeda, un ingeniero agrónomo, detenido en Córdoba y luego enviado a Santa Fe, dijo que los encargados de su traslado fueron los oficiales de inteligencia del Ejército "Lolo" Hauque y el capitán Morales.



Dos testigos ofrecidos por la Fiscalía del Tribunal Oral comparecieron esta mañana en el marco de las audiencias, programadas hasta diciembre de este año, en las que se juzgan a ex policías y un civil por delitos cometidos durante la última dictadura militar en Santa Fe. Esta vez, el abogado Carlos Pacheco y el ingeniero agrónomo Roberto Cepeda contaron su calvario. En ambos casos, la figura excluyente de las exposiciones fue la del ex juex federal Víctor Brusa, esta vez, sentado entre los acusados.

Pacheco relató su paso dantesco por la casa de campo que el Ejército tenía en las afueras de Santo Tomé, conocida como "La Casita". Después del "ablande" fue trasladado al penal de Coronda, en donde estuvo detenido "legalmente" hasta finales de 1978. En la cárcel le tomó declaración el entonces secretario del juzgado federal, Víctor Hermes Brusa. "En realidad el secretario era (Víctor) Montti, pero fue Brusa el que me respondió ' a los muchachos de la Cuarta no les va a gustar', cuando le dije que en seccional me había torturado. Tras la declaración llegó el entonces juez Mántaras que se presentó como tal", recordó el testigo.

"Lito", un militante peronista de siempre, le informó al Tribunal que mientras estuvo detenido en Coronda fue trasladado a la seccional Cuarta porque tuvo hepatitis. "Volví al lugar donde me habían torturado con submarino en 1977, además mi madre también fue detenida ese año y estuvo tres días detenida en la Comisaría Primera. A "la casita" me trasladó Juan Perizzotti, a quien además de la Cuarta ví en la Guardia de Infantería Reforzada (GIR). Allí me econtré con otros militantes, como Astessiano, Millán, Lezcano, Raviolo y un señor de apellido Córdoba, estábamos todos en el mismo pabelllón".

En la GIR, Pacheco pudo individualizar a Eduardo Ramos, alias "el curro", detenido por cometer delitos comunes junto a una banda de policías que asaltaban moteles en la zona metropolitana. "También lo ví a un hombre de apellido González, que era policía y creo que le decían 'La Pantera Rosa'. A Ramos lo volvimos a ver en un acto partidario en la Cortada Falucho (zona céntrica de la capital santafesina) y allí lo identificaron y hasta lo increparon Anatilde Bugna y Orlando Barquín".

Festejos como si fuera un gol

Pacheco recordó que, mientras estuvo detenido en la Comisaría Cuarta, escuchó una vez a "la patota" festejar que habían matado a una mujer en el barrio Santa Rosa de Lima, eran todos jóvenes los que exitados alardeaban del homicidio. "Estaban vestidos con ropa de civil", destacó el testigo. Esa mujer era Nilda Díaz, familiar de un militante peronista que está desaparecido. "Festejaron la muerte como si fuese un gol".

"La Cuarta era un centro de torturas de cuarta"

Roberto Jorge Cepeda fue oficial montonero hasta enero de 1976. En noviembre del año anterior empezó a resolverse su situación luego que criticara la militarización a la que se había volcado la agrupación armada.
"Luego de larga discusiones salí de la organiación y decidí trabajar en la docencia, como profesor agrotécnico en un colegio salesiano cordobés. El 11 de mayo de 1977 me secuestró una patota del Ejército que me estaba esperando en una casa que tenía en el ejido de la institución. Yo temía por mis hijos, por mi esposa y por los niños de la escuela por lo que le pedí a los captores que hagan lo que tengan que hacer y rápido porque el director de la escuela iba a venir en cualquier momento a buscar la camioneta que yo usaba. Ahí se apuraron y hasta dejaron de robar todas mis pertenencias que habían puesto dentro de una sábana", relató Cepeda.

El testigo señaló que fue llevado vendado y atado en el baúl de un auto, que pudo saber que pasaron por la capital cordobesa y que llegaron hasta un lugar en donde pudo ver el fuselaje de un avión. "Cuando me tiraron al piso supe que estaba en un pabellón de 'La Perla' (un tenebroso y sádico centro clandestino de detención a cargo del Ejército). Durante días estuve con una chica de 17 años, que era María Santucho. Estuve en ese lugar, creo, hasta finales de agosto de 1977 cuando deciden llevarme, también en el baúl de un auto, hasta el centro de detención 'La Rivera', donde la custodia y la tortura estaban a cargo de Gendarmería".

En setiembre del mismo año, llegaron hasta el lugar, integrantes de la patota santafesina, encabezados por el capitán del Ejército Domingo Morales y Eleodro Jorge Hauque, alias "Lolo", una matón al servicio del Ejército que operaba en Santo Tomé en los años de plomo. "Morales tenía bigote y nariz prominente. Lo pude ver cuando me pidieorn que cambie un neumático que se pinchó en el Renault 12 color azul en el que me trasladaron a Santa Fe, por ruta 19. Ahí me sacaron la venda y los ví. Luego me llevaron en el asiento de atrás y Hauque hacía chiste socarrones, y decía cosas como '¿No, Morales'?".

La patota llevó a Cepeda hasta la comisaría Cuarta, donde fue brutalmente torturado. Ante el tribunal, el testigo hizo una descripción de la seccional policial y contó que debía orinar en un zapato y tirar el líquido por una ventanita que daba al patio de un hombre que tocaba el bandoneón durante le día. En la comisaría conoció a Abel Arce, un chico militante de las Ligas Agrarias en Corrientes, que hoy se encuentra desaparecido. Enla seccional conoció a Jorge Casaretto, entonces obispo de Rafaela, que fue a visitar a unos detenidos rafaelino allí retenidos ilegalmente. "Ese jovencito impúdico, fue a visitar a tres feligreses ... a un campo de concentración, inaudito", refirió. El ingeniero afrónomo le pidió por favor que avise a su familia dónde estaba para que no lo sigan buscando. "Pero no hizo nada".

"Brusa era un muchacho, bien vestido, era el interrogador. Impresionaba por su forma de vestir, ostentosa, elegante. No dudaba en sacarse el traje en los interrogatorios y mostrar la zobaquera con un revólver. La primera vez estaban todos, el ex juez Mántaras, su secretario Víctor Montti y el segundo secretario, Brusa. Me asombró cómo sabían del destino de varios militantes, incluso los muertos. Cuando le dije lo que había vivido se atropellaron para decirme que 'había tenido suerte'". dijo Cepeda.

El testigo mencionó que, a esa altura, "firmaba lo que ponían adelante". Algunos años después, tuvo que volver al juzgado, pero por una deuda previsional. Al salir, escuchó que alguién chistó y soltó al aire el apodo de la infancia de Cepeda. Apuró el paso y se acercó. Era Víctor Montti, lo invitó a pasar a un despacho en el juzgado, frente a frente, dijo: "lo único que le pido es que recuerde que yo no fui Brusa". Se mostró conmovido - dijo Cepeda. Las verdaderas intenciones eran otras. Montti quería seguir su carrera en el sur argentino y, por cierto, terminó jubilándose como fiscal general en Mar del Plata.

"A Brusa lo conocí en las circunstancias que mencioné, era un represor más de la seccional Cuarta, que era un lugar de detención de cuarta", por su brutalidad y por los personajes que pululaban a diario, oscuros y sádicos.

La alumna, la pileta y el inodoro

Como algunas veces sucede, la suerte o la casualidad, soplaron a favor de Cepeda mientras estaba detenido - desaparecido en la seccional Cuarta. "Reconocí por la voz a una mujer, a quien había ayudado a preparar unas materias de la carrera de Agronomía. En ese entonces ella ya estaba recibida y era pareja de un jefe de la comisaría. Yo grite mi nombre creyendo que podía ser un canal de información. Nunca lo comprobé, pero estoy seguro que fue ella la que avisó a mi familia, principalmente a mis padres, que me estaban buscando por todos lados. Se llamaba Alicia Steiggman y nunca más la ví".

Cuando Cepeda llegó a Coronda, habían quedado atrás las extensas sesiones de tormentos en los campos de concentración cordobeses, también Brusa y sus aprietes. "Lloré como nunca, sin parar, por lo qe había vivido, por mis compañeros que habían sido masacrados y porque tenía en la celda una pileta y un inodoro. Me bañé para sacarme de encima tanto dolor y el roce con las bestias". El escenario no tardaría en cambiar: fue luego confinado a 172 días de encierro en las celdas de castigo del penal corondino. Treinta y tres años después, ese hombre rubicundo, morocho y bien hablado volvió sobre sus pasos, sobre sus penas. "Agradezco a ustedes, a los jueces esta oportunidad para que, desde el Estado, se enjuicie a los acusados, con garantías, las que ellos nos negaron".