Velas, huesos, piezas de arte funerario y platos de comida enterrados en la casa de la descuartizada. Algo a tono con el ritual Umbanda.
Agentes de la URI continuarán hoy con las excavaciones iniciadas días atrás por los hijos de Teresa Mabel Ramirez en el jardín y la huerta de la casa que la mujer descuartizada habitó junto su nieto y su compañero, Carlos Argüello.
En la mañana de hoy Rosa Ronchetti, en compañía de sus hermanos, acudió a Jefatura donde fue impuesta de la novedosa decisión. Rosa había denunciado en nuestra edición de ayer que en el patio de tierra de la casa de su madre ellos encontraron enterrados algunos huesos que podían ser humanos.
La pública revelación acerca del macabro hallazgo parece haber despertado el interés de los funcionarios, los mismos que en un principio -según Rosa-, dijeron que esas piezas no importaban mayormente porque parecían antiguas, aun cuando una de ellas parecía el fémur de un niño.
“Poco después de saber que nuestra madre desaparecida había sido encontrada -cortada en pedazos-, en el río Salado, empezamos a revisar la casa -de calle Piedrabuena al 6700-, donde ella vivía con Carlos Argüello”.
“Argüello desapareció antes que pudieramos preguntarle nada acerca de lo ocurrido”, las últimas palabras que Rosa escuchó de su boca fueron “mentiras para ganar tiempo” y desaparecer con rumbo desconocido.
Estaba escrito
“Nada nos decía qué había pasado en la casa y no podíamos preguntarle todo al nene porque los médicos lo desaconsejaron -el nieto de Teresa tiene ocho años de edad- así que nos dedicamos a revisar todo y lo primero que encontramos fue un libro podría tratarse de un manual de anatomía, que mediante dibujos indica, paso a paso, las técnicas para desarmar un cuerpo humano “desde sacarle el cuero cabelludo -dijo ella- hasta cortarle la última falange”.
“A ese libro -cuyo título no recuerda- lo entregamos a los policías” y ya con la idea de que el crimen estaba en la cabeza de Argüello desde mucho tiempo antes, Rosa y sus hermanos siguieron buscando otros rastros reveladores de lo ocurrido en el lugar.
Para entonces lo secuestrado por la policía en el galpón del fondo no era poco para explicar la conexión del hombre con la casa, el cadáver y la elección del río como última morada de la víctima. Los agentes secuestraron un carrito de bicicleta, una bolsa de 50 kilos, sábanas, toallas y cortinas de baño ensangrentadas, además de tres cuchillas y una chaira.
El eje del mal
Pero los Ronchetti-Ramirez quisieron saber porqué en cada rincón del inmueble se encontraban esas velas blancas y negras plantadas en candelabros “que parecen robados de un cementerio” y también por qué Argüello pasaba largas horas en la huerta entregado a extraños menesteres.
El eje del mal, en ese contexto, estaba a la vista, era ese espantapájaro construido a partir de una calavera a la cual el hombre rellenó de paja, encasquetó un sombrero que remató con unas simpáticas antenitas.
En torno de la calavera los hermanos comenzaron a excavar y así fueron apareciendo otros vestigios siniestros. Rosa mencionó, además de los huesos, “dos ángelitos -y otros objetos-, de metal”, como los que se pueden ver en los cementerios y también algunos recipientes con restos de comida, enterrados a medio metro de profundidad.
“Empezamos a buscar porque pensamos que si él la asesinó -como creemos- y con sus antecedentes” por tentativa de homicidio, abusos y violaciones reiteradas calificadas en años pretéritos-, “pudo haber cometido otras atrocidades en este mismo lugar”.
Por último Rosa Ronchetti hizo saber que imágenes “como la de la Virgen de Itatí, de la que ella era devota”, fueron descubiertas en el fondo de la carcaza de un artefacto electrodoméstico. “Evidentemente -dijo Rosa- habían sido empaquetadas, atadas y escondidas por él”.

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